¿Por qué, Señor?
¿Por qué, ante mi infidelidad te acercas,
cómo si no te importara lo que hecho?
¿Por qué ante mi dolor, tu mano me acaricia,
y susurra tu voz, cual bálsamo en mi pecho?
¿Por qué no vez mis llagas pestilentes,
que supuran el veneno del pecado?
En mi cuerpo cargado de tropiezos,
en mis labios por el temor atados.
¿Por qué tu piedad se acerca
a aquello que los hombres huyen?
A mi debilidad, a mis escombros,
a mis carnes que por el hedor se pudren?
¿Por qué no huyes, Padre, cuando grito:
¡Leprosa! ¡Aléjense! Y toco mis campanas,
alertando a los sanos a que huyan,
y no se contaminen con mis llagas?
¿Por qué te acercas más, cuando te alejo?
Sabiendo que eres Rey, y yo una pobre
¿Por qué te acercas tanto, aun conociendo,
que no tengo las riquezas de los nobles?
¿Por qué, Señor, por qué tanta ternura?
¿Por qué tanto amor, en mí tú has derrochado?
¿Por qué me acercas, aunque ves mis vestiduras,
de desamor, de suciedad y de pecado?
¿No ves acaso la grandeza tuya?
¿No ves el esplendor de tu presencia?
¿No ves la hermosura de tu rostro?
¿No ves, Señor, tu gran omnipotencia?
¿No ves, Señor, que soy llena de errores,
que no puedo por mí misma ser feliz?
¿Cómo podré venir a tu presencia?
¿Cómo has podido, Señor, mirarme a mí?
Todo un trono de gloria el que tú tienes,
todo un cielo colmado de canciones,
toda una tierra, un mar, todo un gran universo,
Y aun yo, te pertenezco, soy de tus posesiones.
¿Por qué, si tienes tanto te detienes
En alguien, que librar su alma no puede?
¿en alguien, que no tiene que brindarte?
Y sin nada brindar, Tú le obsequias la calma.
¡Mírame! ¿No ves? ¿Por qué te acercas?
¿Por qué acercar tu esplendor, a un ser tan opaco?
¿Por qué acercar tu santidad, en algo tan sucio?
¿Por qué pagar tan caro algo barato?
¿Por qué dar un precio sumamente elevado,
por alguien que jamás podrá pagarte?
¿Por qué, en tu majestad y gloria permanente,
a algo tan sucio y vil, tú puedes acercarte?
¿No ves, Señor? ¿No escuchas lo que digo?
Ni siquiera mirar puedo tus ojos.
El temor de tu presencia maravilla,
hace muchos más débil mi cuerpo, y mis pies flojos.
¿Por qué, Padre? ¿Por qué tanto has derrochado?
¿A pesar de tu gran alegría y esplendor?
¡Creo que sé! ¿Para que más preguntarme?
Todo lo encierra una palabra y es: AMOR.
¡PORQUE ME AMAS! No te importa que fui infiel.
Porque tú jamás, a ti vas a negarte,
Y permaneces fiel, fiel Padre mío,
Aunque yo no siempre, pueda agradarte.
Porque eres sanidad para mi vida,
Y mis llagas con tu dolor sanaste,
Al morir en el Calvario, un día,
Aun sabiendo, Señor, que iba a fallarte.
Te acercas aunque el hombre me desprecie,
Porque lo vil y menospreciado has escogido,
Para avergonzar los sabios de la tierra,
Y poner su pecado en el olvido.
Porque no puedes huir de los que amas,
Y dejarlos en su enfermedad tan dolorosa,
Tan solo porque toquen sus campanas
Y griten por las calles que es leprosa.
Porque no importa cual sea su pobreza,
Pues el dinero no te acerca, a quien amas
Mas tu ternura amorosa, ella te lleva
A quien te necesite aunque no clame.
Porque fue mi dolor, el que causó tu muerte,
Porque fue mi desdicha, quien causó tu agonía,
Porque fue mi pecado, el que te hirió las manos,
Los pies, la frente, el costado, ¡Sí! ¡La culpa fue mía!
Porque fui yo, Señor, quien causó tu vergüenza
Porque fue mi arrogancia, quien te humilló aquel día
Porque fue mi enfermedad, la que causó tus llagas
Porque fue mi impiedad, por quien tú sufrirías.
Fue por mí. ¡Sí! ¡Por mí! Toda tu angustia amarga
Sufriste la vergüenza que a mí me pertenece,
La humillación, la angustia, la tristeza,
Te regalé dolor y tú vida me ofreces.
Porque mi caída, quien causó tu tortura
Porque fue mi altivez, quien te hirió con espinas
Porque fue mi gran deuda, quien te llevó al calvario
Abriendo el buen camino que me lleva a la vida.
Fuiste tú, quien pagó lo que yo merecía,
El perfecto, el grandioso, en lugar del impío.
¡Que privilegio! El pobre, el rico, el pecador,
¡Salvados por tu sangre! ¡que privilegio el mío!
Autora: Yamila Vásquez Dieguez
Batabano. Cuba